No voy a pedirle a nadie que me crea, Juan Pablo Villalobos

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En No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos, un joven escritor mexicano planea mudarse a Barcelona junto con su novia para estudiar un doctorado. Y digo planea, porque apenas inicia la novela un primo suyo al que no frecuenta desde hace años regresa a su vida para involucrarlo en un negocio sucio en el que Juan Pablo (el protagonista, que se llama igual que el autor) no tiene ganas de participar, pero en el que queda bien embarrado. Todo el enredo es contado por medio de distintos narradores e involucra a divertidos personajes como el ingenuo primo de Juan Pablo, un okupa italiano, mafiosos mexicanos, un argentino que reniega constantemente de Barcelona, un pez gordo de la política catalana, un pakistaní homosexual, una policía buena onda y la novia de Juan Pablo que, sin tenerla ni deberla, termina también metida en todo.

Yo soy de Jalisco, el estado mexicano de donde es el autor. También soy parte de una generación de lectores medio malinchista y medio floja que, hablando de literatura local, creció sabiendo que hay dos vacas sagradas: Rulfo y Arreola. El problema es que más allá de esos dos referentes tampoco exploramos gran cosa (quizás estoy generalizando de más). Lo anterior contribuye a que el descubrimiento de Villalobos me haya sorprendido tanto; nunca antes había encontrado una narrativa así de fresca y atrayente, que al mismo tiempo usara todos los insights y el lenguaje del lugar en donde crecí. Todo está ahí, desde las ideas mochas y prejuiciosas de los jalisquillos, hasta las más típicas muletillas. Por esta afinidad, seguramente no seré yo quien dé un juicio objetivo sobre la novela, pero sí diré que la disfruté a montones.

“Él entró a Negocios Internacionales en el Iteso, como buen adicto a los jesuitas, pero no terminó la carrera”. 

Pero el libro no solo se trata de la gente jalisquilla, sino también de Barcelona, de hecho, quizás se trata más sobre Barcelona o al menos de Barcelona vista desde un punto de vista jalisquillo que es, dependiendo el narrador en turno, voluntaria o involuntariamente cómico. Abundan las descripciones ácidas y sin mucho filtro sobre Cataluña y sobre los catalanes.

“Dejate de joder, boluda, los catalanes no quieren que los demás hablen catalán, boluda, lo que quieren es sentirse superiores, o como mínimo diferentes”.

El texto es un sube y baja de emociones y quizás ahí está gran parte de su fuerza. El inicio está repleto de frases y situaciones muy graciosas, que en mi caso no me despertaron risas sino verdaderas carcajadas. La primera escena violenta te agarra un poco por sorpresa. La parte media es quizás donde flaquea un poco (pero no de forma grave) pues no mantiene esa genialidad del arranque, pero el final es verdaderamente emotivo.

El cliché de presumir el músculo narrativo usando varios personajes con tonos radicalmente distintos es un vicio común entre los narradores modernos, pero al menos Villalobos cumple bien con la tarea. En varios puntos los rasgos de algunos personajes se desdibujan un poco y la trama se vuelve poco creíble, pero el autor se cubre bien con ese mantra repetido varias veces por varios personajes: no voy a pedirle a nadie que me crea.

Juan Pablo Villalobos pertenece a ese grupo de autores que, a lo Bolaño, tratan de inventar el futuro de la narrativa en español, desde Barcelona. Una generación post post boom, muy poco solemne y que hasta se puede seguir por Twitter. No hay que perderle la pista.

Álvaro (@alvarogo87)

Imagen: Wikimedia Commons 

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