The Haunting of Hill House y Pink Floyd

Hace algunas semanas Netflix estrenó The Haunting of Hill House (La Maldición de Hill House), una serie de 10 capítulos, inspirada en la novela homónima de Shirley Jackson, la cual la ha estado rompiendo bastante en redes sociales.

Abro paréntesis:

Shirley Jackson fue una escritora estadounidense que profundizó muy atinadamente en el terror, sobre todo como una consecuencia psicológica que nace del aislamiento y el encierro. Recomiendo la novela We Have Always Lived in the Castle (del cual hablo con poco acá) o el relato The Lottery, el cual puden escuchar a continuación:

Cierro paréntesis

La adaptación de Netflix ha funcionado porque el terror ha sido un género tan manoseado en recientes décadas por el cine y tan reducido a fórmulas repetitivas y predecibles que cualquier producción audiovisual que se salga del molde sobresale. Esto sin ingorar, claro, que el resultado final que vemos en pantalla es bastante decente (mención honorífica para el capítulo 6 y sus planos-secuencia).

Está bien, pero ¿y Pink Floyd qué?

(Puede haber algunos spoilers a partir de aquí)

Unos minutos después de ver el capítulo final de la serie, puse música para ducharme y aleatoriamente sonó Mother de Pink Floyd. No hice clic de inmediatio, pero me concentré un poco en la letra y entonces hice la conexión.

La canción de Pink Floyd (que mucha gente dedica, en un acto de humor involuntario, a sus madre en el Día de las madres) habla sobre una mamá sobreprotectora que está aterrada por los miles de peligros que acechan a su pequeño allá afuera. Una madre que preferiría tener a su hijo detrás de un muro con tal de que esté protegido, sin importale que para ello deba aislarlo del mundo e impedir que viva su propia vida.

En momentos pareciera que la canción habla sobre Olivia Craine.

“Mama’s gonna make all your nightmares come true.
Mama’s gonna put all her fears into you.
Mama’s gonna keep you right here under her wing.
She won’t let you fly, but she might let you sing.
Mama’s gonna keep baby cozy and warm.”

Creo que la maternidad implica naturalmente estos impulsos enfermizos. La mayoría de las madres aprenden sobre la marcha a gobernar estos impulsos, aunque, como sucede con los celos en las relaciones amorosas, en algunas ocasiones la situación se sale de control. En denfensa de Olivia Craine, sus acciones nacían más de las entrañas de la casa embrujada que de sus profundos deseos de controlar y proteger a sus hijos… ¿o no?

Álvaro (@alvarogo87)

No voy a pedirle a nadie que me crea, Juan Pablo Villalobos

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En No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos, un joven escritor mexicano planea mudarse a Barcelona junto con su novia para estudiar un doctorado. Y digo planea, porque apenas inicia la novela un primo suyo al que no frecuenta desde hace años regresa a su vida para involucrarlo en un negocio sucio en el que Juan Pablo (el protagonista, que se llama igual que el autor) no tiene ganas de participar, pero en el que queda bien embarrado. Todo el enredo es contado por medio de distintos narradores e involucra a divertidos personajes como el ingenuo primo de Juan Pablo, un okupa italiano, mafiosos mexicanos, un argentino que reniega constantemente de Barcelona, un pez gordo de la política catalana, un pakistaní homosexual, una policía buena onda y la novia de Juan Pablo que, sin tenerla ni deberla, termina también metida en todo.

Yo soy de Jalisco, el estado mexicano de donde es el autor. También soy parte de una generación de lectores medio malinchista y medio floja que, hablando de literatura local, creció sabiendo que hay dos vacas sagradas: Rulfo y Arreola. El problema es que más allá de esos dos referentes tampoco exploramos gran cosa (quizás estoy generalizando de más). Lo anterior contribuye a que el descubrimiento de Villalobos me haya sorprendido tanto; nunca antes había encontrado una narrativa así de fresca y atrayente, que al mismo tiempo usara todos los insights y el lenguaje del lugar en donde crecí. Todo está ahí, desde las ideas mochas y prejuiciosas de los jalisquillos, hasta las más típicas muletillas. Por esta afinidad, seguramente no seré yo quien dé un juicio objetivo sobre la novela, pero sí diré que la disfruté a montones.

“Él entró a Negocios Internacionales en el Iteso, como buen adicto a los jesuitas, pero no terminó la carrera”. 

Pero el libro no solo se trata de la gente jalisquilla, sino también de Barcelona, de hecho, quizás se trata más sobre Barcelona o al menos de Barcelona vista desde un punto de vista jalisquillo que es, dependiendo el narrador en turno, voluntaria o involuntariamente cómico. Abundan las descripciones ácidas y sin mucho filtro sobre Cataluña y sobre los catalanes.

“Dejate de joder, boluda, los catalanes no quieren que los demás hablen catalán, boluda, lo que quieren es sentirse superiores, o como mínimo diferentes”.

El texto es un sube y baja de emociones y quizás ahí está gran parte de su fuerza. El inicio está repleto de frases y situaciones muy graciosas, que en mi caso no me despertaron risas sino verdaderas carcajadas. La primera escena violenta te agarra un poco por sorpresa. La parte media es quizás donde flaquea un poco (pero no de forma grave) pues no mantiene esa genialidad del arranque, pero el final es verdaderamente emotivo.

El cliché de presumir el músculo narrativo usando varios personajes con tonos radicalmente distintos es un vicio común entre los narradores modernos, pero al menos Villalobos cumple bien con la tarea. En varios puntos los rasgos de algunos personajes se desdibujan un poco y la trama se vuelve poco creíble, pero el autor se cubre bien con ese mantra repetido varias veces por varios personajes: no voy a pedirle a nadie que me crea.

Juan Pablo Villalobos pertenece a ese grupo de autores que, a lo Bolaño, tratan de inventar el futuro de la narrativa en español, desde Barcelona. Una generación post post boom, muy poco solemne y que hasta se puede seguir por Twitter. No hay que perderle la pista.

Álvaro (@alvarogo87)

Imagen: Wikimedia Commons 

Una novelita lumpen, Roberto Bolaño

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En Una novelita lumpen, Bianca abre la novela recordando un episodio de su pasado en el que, junto con su hermano, fue delincuente. Para explicarlo mejor, Bianca recuenta la época en que un accidente en una carretera cercana a Nápoles hizo que ambos hermanos quedaran huérfanos. Siendo aún más adolescentes que adultos, ambos hermanos intentan continuar con sus vidas como pueden, conociendo en el camino a un boloñés y a un libio, con quienes diseñan un plan delictivo bastante febril con el cual piensan asegurar su futuro económico.

“Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente. Mi hermano y yo nos habíamos quedado huérfanos. Eso de alguna manera lo justificaba todo. No teníamos a nadie. Y todo había sucedido de la noche a la mañana.”

Me gusta que en el título se use el diminutivo, como con cariño, porque se lo merece. Es un texto cortito y acogedor que puedes terminar en un solo día, ideal para un viaje en autobús, un día perdido en un aeropuerto o simplemente para pasar un domingo de puta madre.

“Ahora sé que la cercanía no existe. Siempre alguien tiene los ojos cerrados. Uno ve cuando el otro no ve. El otro ve cuando uno no ve.”

Esquivando el uso de términos y estructuras rebuscadas, la trama se desenvuelve con mucha naturalidad, dosificando tan bien la intriga a lo largo de los 16 breves capítulos que es difícil dejar el libro en paz. Pero aunque a primera vista parezca una lectura sencilla, la complejidad viene entre líneas con la profundidad de los personajes, sobre todo de Bianca, quien narra todo en primera persona. El nadar de Bianca entre el duelo tras la muerte de sus padres, un presente complicado, un futuro incierto y la desesperación por llegar a algún lado (aunque no tenga la más mínima idea de a dónde); todo lo anterior es lo que termina por llevar a la nouvelle de ser buena a ser excelente, porque es entonces cuando nos cala, nos proyecta y nos conmueve a un nivel íntimo.

Se dice que Bolaño escribió esta novela bajo el encargo de escribir un texto sobre Roma (también por algún lado leí que nunca visitó Roma en su vida). Tengo mis dudas de si el encargo se cumplió, porque igual como aconteció en la capital italiana, pudo acontecer en Barcelona o en Buenos Aires; en realidad ni la ciudad ni las descripciones de la ciudad son de gran relevancia, pero tampoco creo que a estas alturas eso importe, pues el ejercicio quedó demasiado lindo.

Álvaro (@alvarogo87)
Imagen: Wikimedia Commons

Frankenstein (El moderno Prometeo), Mary Shelley

“You are my creator, but I am your master – Obey!”

– Frankenstein, Mary Wollstonecraft Shelley


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Mi generación se formó una idea sobre esta historia no por las películas en blanco y negro, sino más bien por las numerosas parodias/homenajes presentes en las caricaturas y en la cultura popular de los 80s/90s. Como se ha repetido una y otra vez, la percepción colectiva tiene muy poca relación con la novela original. Al monstruo se le dio vida y después siguió por caminos que su creadora nunca planeó; tal cual le pasó a Víctor Frankenstein, también le pasó también a Mary Shelley.

La independencia del personaje de ficción frente al texto es el segundo de los dos grandes logros que alcanzó Shelley al publicar la novela (el primero, fue ganar un concurso literario contra escritores reconocidos de la época, siendo adolescente). Que la figura del monstruo, aun con sus mil alteraciones (traiciones) que varían de adaptación en adaptación, siga tan presente 200 años después, demuestra que la historia tiene un misticismo contra el que el tiempo no ha podido hacer mucho.

Por otro lado el libro tiene buen ritmo en la mayoría de los capítulos y toca temas que nos siguen ocupando hoy: la ineptitud y la terquedad de los seres humanos, el riesgo de perder el control de nuestras creaciones, la sensación de no encajar en el mundo y los reclamos de un ser que no encuentra los porqués de la vida hacia su creador.

El verdadero problema es que hay varios errores grandes: la no diferenciación entre las voces de distintos narradores (en especial la del monstruo), lo diestro que resulta el monstruo para aprender en poco tiempo lo que sea y desenvolverse perfectamente por el mundo, las contradicciones de algunos personajes (en especial Víctor, que al parecer su mente brillante carece de sentido común) y lo arcaica que suena la parte científica, al menos hoy en día.

En fin, la novela estará lejos de ser perfecta, pero ya quisiera cualquiera haber escrito algo así de perdurable con solo 19 años.

 

Álvaro (@alvarogo87)

Hyperion, Dan Simmons

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Nos recomendaron no juzgar un libro por su portada, y tenían razón, pero no hacemos caso.  Y es que la tapa de Hyperion sugiere un churro hueco de guerras extraterrestres; en cambio, dentro hay historias profundas que abordan los problemas de un futuro que luce muy muy probable y que desde ya nos inquieta bastante.  

Hyperion es la primera parte de una tetralogía y se desarrolla algunos siglos en el futuro, cuando la humanidad se encuentra regada por el universo, tras la hégira provocada por el “gran error” que destruyó el planeta Tierra. Los mundos colonizados por los humanos forman parte de un orden llamado la Hegemonía, que está asesorada por el Tecnonúcleo, súper inteligencia artificial que ayuda a la humanidad para tomar decisiones (y cuya ubicación física es un misterio); también existen los Éxters, mitad humanos mitad máquinas, que viven separados de la Hegemonía y sin relaciones diplomáticas con ésta.

La estructura narrativa replica a la de los Cuentos de Canterbury, en donde un grupo de peregrinos van contando sus historias mientras se dirigen hacia un lugar; en este caso el destino son las Tumbas de tiempo, un sitio ubicado en el planeta Hyperion, que cuenta con campos antientrópicos y en el que habita un depredador sanguinario, misterioso y capaz de manipular el tiempo, llamado Shrike. Los peregrinos que emprenden el viaje han sido seleccionados por una secta que rinde culto al Shrike, como parte de una misión para encararlo, esperando que éste devele secretos que puedan salvar los conflictos que amenazan a la humanidad.

Aquí hago un paréntesis para señalar que el Shrike toma su nombre de este simpático, pero sanguinario pajarito (aunque su semejanza es enteramente con el segundo adjetivo y no con el primero):

Las historias de los peregrinos son en realidad el núcleo de la novela y en ellas cada uno de los personajes relata su vida y cómo fue que terminó en dicha peregrinación. Salvo la historia del soldado (que me pareció la única más o menos floja), son historias conmovedoras y muy bien contadas que nos ofrecen un buen panorama de los problemas existenciales de la humanidad, en un mundo en el que la inteligencia artificial ya nos ha rebasado por mucho.

El dato de dónde saca Simmons el nombre de la novela no es menor. Hyperion es también el nombre de un poema del poeta romántico, John Keats; en dicho poema Keats retoma el mito griego de Hiperión y los demás titanes que ocupaban la figura de dioses antes de que fueran reemplazados por los dioses olímpicos, profundizando en la forma en que estos fueron olvidados y relegados al tártaro (la mitología griega apenas menciona a los titanes). Hay entonces un paralelismo entre la agonía de los titanes al ser reemplazados por los dioses del Olimpo y la humanidad que está siendo reemplazada por las máquinas.

Hyperion nos plantea un futuro que cada vez luce más cercano, mientras nos entretiene y homenajea de forma muy acertada a otros autores clásicos. Es totalmente recomendable aunque no sean especialmente seguidores de la ciencia ficción y también me atrevo a decir que lo pueden disfrutar igual aunque no tengan planeado leer el resto de la saga.  

Citas:

“Al principio fue la palabra. Luego vino el puñetero procesador de palabras. Luego, el procesador de pensamientos. Luego vino la muerte de la literatura. Y así andan las cosas.”

“Ahora entiendo la necesidad de la fe – una fe pura y ciega que se burla de la razón – como factor para salvaguardar la vida en el mar salvaje e infinito de un universo regido por leyes insensibles y totalmente indiferente a los pequeños seres racionales que lo habitan.”

“Siempre había creído que la esencia de la experiencia humana no se encontraba en los momentos culminantes, las bodas y días de triunfo que destacaban en la memoria como fechas marcadas en rojo en los viejos calendarios, sino en el discreto fluir de las pequeñeces, la tarde de fin de semana en que cada miembro de la familia se dedicaba a sus propias actividades, los encuentros intrascendentes, los diálogos olvidables: la suma de tales horas creaba una sinergia que era importante y eterna.”

“Exploré las religiones y la bebida; pero encontré más esperanzas de consuelo duradero en la segunda.”

-Hyperion, Dan Simmons

 

Álvaro (@alvarogo87)

Instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoitia

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Cuando iba en la primaria y era uno de los pocos niños noños a los que la clase de Historia de México no les parecía insoportable, recuerdo haber tenido un libro de texto de dicha materia que  se ocupaba las primeras trescientas páginas (estimado) en hablar de lo que pasó en el país desde el florecimiento de los pueblos prehispánicos hasta la segunda guerra mundial. Lo que había pasado desde la mitad del siglo XX hasta los 90s lo resumía como en 2 páginas y básicamente decía que ese período era el México moderno y que las cosas se habían mantenido prácticamente igual hasta nuestros días . Me sentí medio estafado; algo habría pasado en ese período, ¿no?

Instrucciones para vivir en México es una prueba de que igual y mi libro de texto no estaba tan equivocado. Se trata de una recopilación de artículos publicados por Ibargüengoitia en el Excélsior durante la década de los 70s  y, salvo uno que otro artículo, en la mayoría jurarías que Jorge está hablando del México actual.

Abarca temas como lo manoseadas y artificiales que quedaron las figuras de los héroes de la patria, la maldita burocracia, la gente gandalla, los idiotas que usan el claxon como forma de expresión, las exageraciones que se viven durante el día de la madre en México, nuestra rara forma de ver los Juegos Olímpicos, los grandes hoyos del sistema educativo, el PRI, etc. Toda esta marea de quejas viene siempre perfectamente envuelta en el tono irónico y encantador de Ibargüengoitia y actúa como bálsamo pues, en medio de tantas incongruencias que nos rodea a diario, reconforta saber que hay (o hubo) gente pensante y coherente como él, capaz de convertir, al menos por un momento, nuestras frustraciones en sonrisas.

Quizás el mayor acierto de Jorge fue quitarle la solemnidad a temas que no merecían ser tratados con solemnidad.

Imperdible.

Citas:

“Lo primero que aprende a hacer un niño mexicano al llegar a este mundo, es llorar para que se atienda a sus necesidades. Lo siguiente que aprende es a tocar el claxon del coche de su papá, con el mismo objeto. Y toca el claxon y toca más, y al cabo de cincuenta años sigue tocándolo con esperanzas de lograr con ello fines tan diversos como: hacer que un coche descompuesto que obstruye la circulación se componga súbitamente y eche a andar, o bien, que se esfume con todo y ocupantes; avisar a los conductores de vehículos que viajan por las calles transversales que se les acerca un coche conducido por un individuo que está dispuesto antes a morir que a ceder el paso: avisar a unos niños que están desayunando que ya se hizo tarde para llegar a clases; avisarle a una criada reumática y atareada que ya llegó la patrona y que está afuera de la puerta, con el coche atravesado, entorpeciendo el tránsito y la llave de la puerta en la bolsa, pero sin ganas de bajarse a usarla, etc.”

“Los cumpleaños tienen dos defectos: son inevitables y acumulativos y además, van deformando la personalidad del que los festeja.”

“Lo que hace la gente en las escuelas no es buscar conocimientos, sino procurar no morirse de hambre”

– Instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoitia

Álvaro (@alvarogo87)

Libros para comenzar a leer

Un día alguien me pidió que le recomendara un libro para “comenzar a adquirir el hábito de la lectura”, pues quería “volverse más culto”. No se lo dije (porque en la vida real nos ahorramos esos comentarios), pero me pareció una pésima razón para comenzar a leer.

La lectura. Oh, la lectura. Últimamente nos la venden como producto milagro:

– Quita lo tonto.

– Te vuelve más culto.

– Te hace una persona más positiva y productiva.

– Te convierte en un ciudadano de primera (porque, claro, la gente de países desarrollados no hace otra cosa en su tiempo libre más que leer, nada de andar perdiendo el tiempo viendo 22 idiotas persiguiendo un balón encima de un rectángulo verde).

– Hace que por fin abras los ojos y combatas al sistema opresor.

– Es el primer paso para después escribir mejor que Dostoievski.

– Bueno, al parecer, ¡hasta te hace interesante!

Leer

Dylanlaughing

¿Y si le vamos bajando 2 rayitas? (o quizás mejor unas 10)

Para mí, la principal razón para que abras un libro debería de ser mucho más sencilla y mucho menos pretenciosa: por gusto.

Que leer está bien y tiene sus ventajas, es cierto, pero si tu motivación principal son los beneficios derivados de la lectura, es muy probable que termines aburriéndote, como le sucede a la mayoría de las personas que se proponen leer 30 minutos al día como propósito de año nuevo. Encima muchos de esos beneficios serían debatibles, pues en ocasiones eso de leer tiene más rasgos de vicio que deja dudas y vista cansada, que de actividad eficiente.

Pero dejemos los extremos a un lado; fuera fatalismo, fuera obligaciones, fuera falsas poses y fuera solemnidad, que ésta es, en esencia, una actividad divertida.

En este punto creo que la recomendación es bastante obvia: empieza leyendo algo que te resulte interesante…ok, ok, pero como este post promete recomendaciones precisas, aquí van 6 libros que me parecen perfectos para comenzar a leer, porque si bien no es necesario iniciar por En busca del tiempo perdido, tampoco es necesario caer en 50 sombras de Grey:

Dos crímenes, Jorge Ibargüengoitia

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El protagonista de esta novela es un tipo ameno que te cuenta todo como si te estuvieras tomando junto a él unas copas de mezcal. “El negro”, como le apodan, es un chilango (gentilicio informal de la Ciudad de México) al que la policía busca injustamente, por lo que decide irse a esconder a la casa de un tío adinerado en un pueblo de provincia. La noticia no cae del todo bien a los familiares que rodean al tío y que esperan, como buitres, a que éste muera para quedarse con la herencia, por lo que ven en “El negro” una calamidad. Se vienen un montón de enredos policiales y amorosos imperdibles.

El país de las últimas cosas, Paul Auster

El país de las últimas cosas
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Anna Blume escribe una carta dirigida a su novio, en la que narra cómo viaja a un país extranjero en busca de su hermano que ha desaparecido sin dejar rastro. En este país de fronteras cerradas y acceso casi imposible (cuyo nombre no es mencionado) las cosas han comenzado a desaparecer sin mayor explicación, sí, cosas de lo más cotidianas como calles y casas desaparecen para dejar inestabilidad, caos y violencia. Una búsqueda por un lugar bastante parecido al infierno (y a uno que otro país latinoamericano) en la que no hay retorno asegurado y sobrevivir se torna bastante difícil.

Creo que cualquiera de las novelas de Auster que he leído entraría en esta lista, pero elegí poner ésta debido a su buena carga de fantasía y acción.

Cartero, Charles Bukowski

¿Sabes qué es mejor que compartir frases de Bukowski por Facebook? Leer a Bukowski. Y Cartero es un buen punto de partida.

Chinaski, alter ego de Bukowski que regresa en otras novelas, es un escritor en potencia que ha pasado gran parte de su vida entre botellas de alcohol vacías, amores de suburbios y su trabajo, que lo está matando en vida, como cartero de la oficina de correos de Los Ángeles. Un libro con el que cualquiera que haya maldecido la llegada de los lunes alguna vez se puede sentir identificado.

El hombre invisible, H.G. Wells

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Un clásico victoriano sobre un científico que ha descubierto una forma de volverse invisible, el detalle es que dicho científico es, digamos, de ética distraída, así que la mayor parte de la novela trata sobre cómo se aprovecha de la situación, cómo reacciona la gente alrededor y la cacería que se emprende para intentar detenerlo.

20,000 leguas de viaje submarino, Julio Verne

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Sumérgete en una aventura a bordo del Nautilus (un submarino que debuta en la ficción, cuando los submarinos reales no eran más que bocetos), visitarás bosques debajo del mar, una ciudad mitológica sepultada por las aguas y algunos de los rincones del mundo que, aun hoy, pocos humanos han visitado. Además conoce al Capitán Nemo (sí, de ahí Pixar tomó el nombre para el pez), un antihéroe misántropo lleno de enigmas.

Historias de cronopios y de famas, Julio Cortázar

un autonauta en la cosmopista

Se podría decir que es un libro de cuentos cortos en el que predominan los narradores ociosos y divertidos. Está lleno de ideas excéntricas, como un manual de instrucciones minuciosas para subir una escalera, la historia de una familia que instala un patíbulo en su casa solamente para sacar de quicio a sus vecinos, gente que se cuela en los velorios ajenos y la presentación de los cronopios, los famas y las esperanzas.

Si hay un libro capaz de cambiarte esa idea que te metieron en la secundaria, sobre que la lectura es una tarea obligatoria y aburrida, probablemente sea éste.

Ojalá las recomendaciones sean de su agrado.

Álvaro (@alvarogo87)

Guía del autoestopista galáctico

No sé qué tan mal marche tu día, pero sinceramente dudo que marche peor que el de Arthur Dent, a quien por la mañana le han informado que su casa está a punto de ser demolida para construir una autopista. Eso no es lo peor, pues unos minutos después su planeta entero es destruido por una raza extraterrestre que quiere construir una autopista intergaláctica que pase por donde antes estaba la Tierra.

Sí, Arthur Dent tuvo un día de mierda, pero a cambio sobrevivió al apocalipsis y obtuvo un viaje intergaláctico en el que descubrió cosas que ningún otro humano sabía,  conociendo de paso a una serie de personajes excéntricos y demasiado entretenidos.

Guía del autoestopista galáctico fue originalmente un programa radiofónico británico que posteriormente se adaptó a libro, película, serie de televisión, videojuego, puesta en escena y estoy seguro de que, buscándole bien, se debe poder encontrar hasta una versión porno; contra lo que suele suceder en estos casos, el formato más popular ha sido, por mucho, el libro.

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La edición que yo leí (la séptima de Anagrama) trae un epílogo enorme en el que se incluye una entrevista con el staff de la película que se estrenó en 2005 (y en la que aparece Zoey Deschanel), cosa que yo noté hasta que llegué al epílogo, de tal manera que el final se me apareció de forma abrupta y cuando yo suponía que aún le faltaban unas 100 páginas más a la historia. Una sensación rara y no muy satisfactoria que no me había pasado antes.

Impresiones:

– Ningún libro me había hecho reír tanto desde la Conjura de los necios

– La voz narrativa hace muy buen uso de todo el poder del humor británico, en serio, es tan divertida que la trama bien pudo haber sido sobre dos piedras e igual hubiera sido genial

– La lógica tiene más agujeros que una prisión de máxima seguridad mexicana, pero supongo que el absurdo es parte de la esencia del libro

– No encontrarás profundidad, pero sí una historia muy original y divertida

– Hay marcadas referencias a Asimov por todos lados, de hecho, es más o menos como lo que hubiera resultado si Asimov se metiera ácido

Citas:

“Este planeta tiene, o mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices”.

“…se había pasado esos quince años fingiendo ser un actor sin trabajo, cosa bastante plausible”.

“- No sé lo que estoy buscando.

– ¿Por qué no?

– Porque…porque…, porque si lo supiera, creo que no sería capaz de buscarlo”.

(Guía del autoestopista galáctico, Douglas Adams)

Álvaro (@alvarogo87)